en el edificio de al lado, las amplias ventanas delataban un lujo forzado y previsible. microondas de varios botones y un juego de puertas blancas eran el templo y dominio de algun extraño. luego, en el segundo piso, otra ventana con iguales pretensiones denunciaba el rito: la repetición interminable del mismo fotorama como pretensión de belleza.
el edificio, casi sin quererlo, se deslizaba al lado de la vieja casa como un depravado. la casa se extendia hasta el medio de la cuadra, y el edificio, en la esquina, la seguía largo y paciente , en la procura de un minuto de contacto. Lucio podia ver cada ventana, y 6 pisos arriba, podia ser visto. como construimos una sociedad de abuso mutuo por medio de omisiones.
Al fondo, donde el garage se desinteresaba de la vecina, la casa era un desperdicio. una pequeña montaña de botellas plásticas, acumulada por no se qué impetu moentario governava un patio olvidado, donde crecian los maracujás y zapallos. Un kilimanjaro PET crecía y descrecía, vendía y maduraba, y con la marea de botellas podiamos medir la esperanza de nuestra cena.
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